Cuantas veces en la vida nos hemos visto como victimas del prejuicio? A menudo esto se debe al prejuicio que se tiene hacia otras personas, estilos de vida, formas de pensar, etc.
Tenemos miedo a ser nosotros mismos, e incluso nos sentimos incómodos cuando otra persona a nuestro alrededor decide expresarse de manera singular. Asi que esto manifiesta nuestra propia prisión mental y emocional. Ante esto algunas personas señalan de loco, raro o tonto, a lo que solo significa “diferente”.
Porque no respetamos el derecho de todos los demás de ser únicos, nos convertimos en el “juez” del amigo o del vecino.
Cuales serían las consecuencias para nuestra vida del miedo de ser YO. Si cedemos nuestra singularidad al miedo de ser YO. Y decidimos seguir actuando como rebaño ante una pequeña elite que manipula a todos los demás.
Hemos entregado nuestras identidades de tal forma que nos juzgamos y juzgamos a otros por los trabajos o tipos de creencias. ¿Quién es usted? Un cristiano, un comunista, un musulmán, un político.
Siempre que conocemos a alguien la primera pregunta es que hace para darnos una idea de quien es. Un abogado prestigioso o el encargado del aseo. Y ante esto juzgamos a las personas y a nosostros mismos, no por lo que somos sino por lo que poseemos o hacemos. Y esto se debe a nuestra perdida de singularidad que corresponde a la opinión del sistema.
Alguién que hace millones abusando del planeta es considerado exitoso. Mientras otros que no hacen daño y probablemente ayuden y brinden amor a otros son considerados un fracaso si tienen un trabajo mal pagado o no lo tienen.
No somos nuestros “trabajos”. Un “exitoso” hoy puede ser un indigente mañana.
Somos una conciencia que evoluciona en un viaje eterno hacia mayor amor, conocimiento y el entendimiento, pero hemos olvidado esto y hemos sido animados a olvidarlo.
Hemos sido persuadidos de que somos libres, ¿Libres? ¿Libres de mirar la television y alimentar las ilusiones de lo que debemos hacer, ser y pensar? Aceptamos sin pensar demasiado lo que es transmitido, incluso de manera inconciente.
Y de generación en generación somos condicionados para pensar de cierta manera y aceptamos lo que vemos o lo que se nos enseña como esponjas sin siquiera preguntar por qué.
En la calle no estamos mirando la gente real, al infinito ser de cada uno de ellos. Sino la máscara que proyectan al mundo. La máscara que creen que es lo suficientemente aceptable para evitar ser ridiculizado o condenado por pensar y actuar de forma diferente.
La libertad es el derecho de todas las personas a expresar quiénes son, qué piensan, y cómo desean vivir sus vidas: libre de imposición o molestia de parte de nadie. Es poder celebrar nuestra singularidad individual sin reglas, regulaciones, ridículo y condena de aquellos que tratan de imponer su visión de la vida sobre otros.
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